
El martes 21 de agosto las fuerzas
policiales reprimieron una manifestación de empleados del Astillero
Río Santiago en La Plata. Hacía muchos años que no se veía algo
así en la capital bonaerense. Los voceros del gobierno provincial
salieron de inmediato a justificar el accionar azul con imágenes y
testimonios de un ataque a la casa de gobierno, y luego, el ministro
Ritondo habló de un manifestante “autoatropellado” por un
patrullero, quien pretendió de esa manera autodisparar la violencia.
Correlativamente, al otro día, los diarios afines al discurso
oficial colocaron en portada la foto de la secuencia inmediatamente
posterior al “autoatropello”: el patrullero pisoteado por
activistas enardecidos. Conclusión: al gobierno no parece
preocuparle la calle. Cree en su antídoto para la creciente
conflictividad social: balas de goma, gases y justificación
inmediata de la represión con los medios de comunicación masivos
más concentrados y por lo tanto, más penetrantes en los sectores
medios de la sociedad. El objetivo es presentar la protesta social
como conatos de actores que fueron excesivamente beneficiados en un
pasado cercano que debe superarse más temprano que tarde. La
construcción del sindicalismo y de los movimientos sociales
organizados como enemigos del progreso y desarrollo comenzó el 10 de
diciembre de 2015.
Para la crisis económica inocultable,
con caída abismal de la actividad, recesión, inflación, pobreza en
ascenso, desocupación y tarifas exorbitantes, el gobierno tiene una
receta similar, aunque más sofisticada y con un aliado adicional y
decisivo: la justicia. El miércoles 22 de agosto una multitud se
manifestó en las puertas del Congreso para reclamar el allanamiento,
luego el desafuero y, si fuera posible también, la cárcel para
Cristina Kirchner. Las consignas amplificadas por los micrófonos
versaban más o menos sobre la misma idea: estamos mal por culpa de
la plata que se robaron. Desde que estalló el caso de los cuadernos
de Centeno, el 1 de agosto, el foco antikirchnerista de la justicia
federal, encabezado por Claudio Bonadío, y los grupos mediáticos
que siguen buscando revancha de la ley de servicios audiovisuales,
iniciaron un movimiento de tenazas tan aceitado como efectivo. El
resultado son aquellas frases embravecidas contra los que se robaron
PBIs enteros, así como los mensajes alimentados de estiércol que
agrandan la grieta en las redes sociales. Los sectores medios que
votaron el “cambio” parecen seguir siendo fieles a su voto y
estar dispuestos a soportar todo tipo de penuria con tal de que “no
vuelvan más”. Ganar esta batalla dentro de la gran guerra cultural
es fundamental para el gobierno. Su objetivo político principal es
bloquear o al menos esmerilar la chance de que Cristina sea
candidata. En su defecto, que tenga nula chance de ganar. El odio
envuelto en frases hechas, más que la verdad sobre la corrupción,
es la herramienta central para diseñar la campaña del 2019.
Y mientras tanto, en el corazón del
sistema, la fuga de capitales. El 22 de agosto, el Banco Central
confirmó que en lo que va del año, se fueron del país más de 20
mil millones de dólares. Desde diciembre de 2015, 54 mil millones.
Los pocos ganadores de este proceso de acumulación financian su
fuga de dinero con las divisas que el propio Estado argentino les
garantiza a través del endeudamiento externo. ¿Qué tipo de
desarrollo pretende este capitalismo extranjerizante? ¿Cómo
cuajamos los argentinos en este sistema? ¿Estamos tod@s
contenid@s o el neoliberalismo en el poder espera una especie de
regulación malthusiana en la que, como en el amanecer de la
revolución industrial, los que sobren o no se adapten a las
circunstancias queden en el camino víctimas de alguna gran peste o
simplemente, del hambre?
Así las cosas, llevar como bandera la
caída del salario real a Wall Street, es la manzana regalada a la
maestra de tercer grado. Quintana, rindiendo examen allá arriba,
muestra quiénes son los maestros de este proyecto llamado Cambiemos.
Quiénes son los que delinean la Argentina que viene. Quiénes son
los que arman el plan. Un plan sin flan.
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