domingo, 25 de noviembre de 2018

EL SUPERCLÁSICO NEOLIBERAL

   Por estas horas se discute si Boca tiene que salir campeón de la Libertadores tras la agresión sufrida por el plantel al ingreso al territorio River. Ahora bien, la responsabilidad de que el micro fuera enviado al matadero de los piedrazos era exclusiva del operativo de seguridad. Un video de @Promiedos en Twitter es más que explícito: lo que ocurrió se pudo haber evitado, simplemente, cambiando de trayecto. Sin embargo, el micro siguió. ¿Por qué?
   Los jugadores de Boca, liderados por Carlos Tévez, se quejaron con motivos más que válidos por la agresión. Apuntaron contra la Conmebol y contra River pero no hicieron mención al operativo que los llevó a ese cadalso. Al otro día, el jefe de gobierno porteño deslizó que pudo haber errores en la seguridad pero culpó por lo sucedido directamente a los barrabravas. Más tarde, Angelici confirmó que iban a reclamar los puntos del partido y tampoco se quejó explícitamente respecto del operativo que derivó en la cobarde agresión a sus jugadores. Ergo, ¿fue esto un escenario predispuesto para sacar una ventaja deportiva?
   Los videos de la agresión tardaron nada en viralizarse, tanto como el de una mujer “armando” con bengalas a una nenita y el de un grupo de chorros robando autos. La respuesta ante esas imágenes, amplificada y legitimada por los medios masivos, fue unánime: “somos una sociedad desquiciada”; “la violencia está enquistada en todas partes”; “somos un país inviable”. Entonces, el argumento basal de lo ocurrido era que “esto somos, qué vergüenza”. Sin embargo, al mismo tiempo, y en todo el país, se estaban desarrollando eventos deportivos y artísticos más o menos masivos y no hubo nada parecido a lo que ocurrió en River. Entonces, ¿somos más violentos que pacíficos o más pacíficos que violentos?
   Más que operativo, lo de River pareció una operación. Y el hecho de que discutamos si Boca merece ganar la copa o si el partido se debe jugar en la Luna sin público es la tormenta perfecta para no detenernos en lo que a mi juicio persiguió esta escenografía de la violencia: sacar una ventaja política.
   El gobierno nacional se prepara para recibir a los presidentes del G20. Y también para recibir a diciembre. Precisa imponer el ajuste incrementando el control social. La intensificación de la represión es condición sine qua non para sostenerse en el poder en medio de una creciente e inevitable conflictividad social. Y por eso necesita mostrar y mostrarnos a todos como integrantes de una sociedad violenta, desbordada, que amerita mayor control, o sea, más palo.
   
Durante la semana, el video de los barras de All boys haciendo retroceder a la policía preparó el terreno. El sábado, en un evento que veía el mundo, como el River – Boca, debía consumarse la escena capital. Surgió así la violencia monitoreada y entonces, lo dicho: “somos esto”, “país inviable”, “qué vergüenza”. El argumento ideal para exacerbar la idea de que todos somos potencialmente violentos, todos somos sospechosos, todos podemos ser vigilados y castigados. El superclásico neoliberal.

lunes, 5 de noviembre de 2018

AGUANTE SÓCRATES, CARAJO

   Leo por ahí que Rolandinho, el de la sonrisa esculpida, apoya a Bolsonaro. Qué cagada que un tipo tan talentoso y popular divulgue esa ideología racista y ariocéntrica. Él, que es de la raza que su candidato desprecia. 
   Qué pena que Sócrates se murió. No, no me refiero al heleno, me refiero al de la foto. Al que entraba a la cancha con el brazalete de capitán de su selección y con vinchas con leyendas que le decían al mundo "No al terror", porque tenía unos huevos grandes como un toro y se cagaba en la dictadura que aún pervivía en su Brasil.
   El tipo era un líder popular que jugaba al fútbol. Cuando le tocó encabezar un histórico equipo de Corinthians, él solo, él, inauguró una era de esplendor para el club a la que se llamó la "democracia corintiana". ¿Por qué? Porque todos en el club, desde los utileros hasta las estrellas que ganaban millones de cruzeiros debatían y decidían qué era lo mejor para tal o cual partido, tal o cual eliminatoria, tal o cual final. Y así, desde el rincón más popular de San Pablo, enfrentaba al discurso verticalista del poder. Y lo impuso él, el "Doctor". Un doctor sin honores pero con una conciencia de clase que apabullaba.
   Hoy no hay Sócrates para enfrentar desde el verde césped al Frankenstein conservador que podría presidir al país más poderoso de Latinoamérica. Nos quedan los Ronaldinhos de sonrisas colgate que ayudan a enterrar los sueños y los cuerpos de millones de Ronaldinhos que no llegarán nunca a Ronaldinhos.
   El bueno de Sócrates fumó y escabió desde los 12, ininterrumpidamente, hasta su muerte el 4 de diciembre de 2011. Se fue a los 57. Unos años antes, mientras se ganaba unos euros en el fútbol inglés como entrenador-jugador de equipos de la "D", le preguntaron por su vida y por su final. Dijo: "me quiero morir un día en que Corinthians sea campeón". Ese puto 4 de diciembre de 2011 Corinthians empató con Palmeiras y salió campeón. ¡Salud, Doctor Sócrates! Aguante usted, carajo.


                                                                                     20 de octubre de 2018.

¿Y ENTONCES QUÉ, VICEPRESIDENTA?

   Esta semana, mientras la ministra de seguridad nos invitaba a armarnos libremente (no a amarnos, no confundir), la vicepresidenta le pegaba un tiro al trabajo formal: “hay que generar uno mismo su trabajo, porque la oferta laboral de las empresas va a ser muy chiquita”. Y sin solución de continuidad, en mi trabajo, la empresa nos informaba que nos iba a pagar el sueldo en dos partes “por la situación crítica del país”. La próxima será una parte, si se puede. Y la siguiente, ya se sabe. El guión neoliberal.
   La presunción de que un gobierno de empresarios iba a ser ferviente enemigo de los trabajadores se confirma hora a hora. Y no es sólo ya que los trabajadores somos un costo: somos sospechosos. El discurso dominante dice que los asalariados ganamos más de lo que merecemos, sea cual sea la profesión o el oficio. Nos quedamos con algo que “no nos corresponde”. El mismo presidente enarbola esa bandera. Y entonces no sólo somos costosos y sospechosos de vagancia, sino enemigos del resto de la sociedad “emprendedora” que “se rompe el lomo” para ganar el mango.
   La pregunta es, ¿cuánto hay que romperse el lomo para ganar lo que nos correspondería? ¿8 horas de lunes a viernes está bien? ¿12 horas...? ¿O hay que sumarle sábados y domingos, con paga normal? ¿O sin paga? ¿O todos los días, todas las horas que sean, si te necesitan? ¿O nada, si no te necesitan? Lo quieren decidir ellos, los patrones, a discreción. Y lo piden a gritos: salen impúdicamente a reclamar la modificación de los convenios colectivos de trabajo. No para pagar menos: para echar gratis. Algunos patrones incluso critican al presidente por la situación que los obliga a recortar y recortar... Gatopardismo.
   Y entonces, a los que nos alcanzaba para vivir, ya no nos alcanzará, ¿no? Así que, bueno: emprenderemos el camino de los pancitos rellenos. Y saldremos a vanderlos. Y entonces, una panadería venderá menos. Y entonces, va a tener menos ingresos. Y entonces no podrá pagarle a sus empleados. Y entonces tendrá que ajustarse porque tampoco puede pagar las tarifas. Y entonces tendrá que echar empleados. Y entonces esos empleados despedidos tendrán que "generar su trabajo". Y entonces saldrán a vender pancitos rellenos. Y entonces los que ya vendemos pancitos rellenos, venderemos menos. Y entonces dejaremos de vender pancitos rellenos. Y entonces... Y entonces... ¿Y entonces qué, vicepresidenta?


                                                              3 de noviembre de 2018.

sábado, 25 de agosto de 2018

UN PLAN SIN FLAN


   “Hay mejoras en el frente fiscal que no se pueden anunciar porque nos perjudicaría en lo político, como por ejemplo, la caída en el salario real”. Esto dicen que dijo el vicejefe de gabinete, Mario Quintana, ante inversores y financistas en Wall Street. La frase no contiene nada que no sepamos aquí. Pero en sus 26 palabras encierra la esencia de un plan que parece difuso pero que en realidad está muy claro.
   El martes 21 de agosto las fuerzas policiales reprimieron una manifestación de empleados del Astillero Río Santiago en La Plata. Hacía muchos años que no se veía algo así en la capital bonaerense. Los voceros del gobierno provincial salieron de inmediato a justificar el accionar azul con imágenes y testimonios de un ataque a la casa de gobierno, y luego, el ministro Ritondo habló de un manifestante “autoatropellado” por un patrullero, quien pretendió de esa manera autodisparar la violencia. Correlativamente, al otro día, los diarios afines al discurso oficial colocaron en portada la foto de la secuencia inmediatamente posterior al “autoatropello”: el patrullero pisoteado por activistas enardecidos. Conclusión: al gobierno no parece preocuparle la calle. Cree en su antídoto para la creciente conflictividad social: balas de goma, gases y justificación inmediata de la represión con los medios de comunicación masivos más concentrados y por lo tanto, más penetrantes en los sectores medios de la sociedad. El objetivo es presentar la protesta social como conatos de actores que fueron excesivamente beneficiados en un pasado cercano que debe superarse más temprano que tarde. La construcción del sindicalismo y de los movimientos sociales organizados como enemigos del progreso y desarrollo comenzó el 10 de diciembre de 2015.
   Para la crisis económica inocultable, con caída abismal de la actividad, recesión, inflación, pobreza en ascenso, desocupación y tarifas exorbitantes, el gobierno tiene una receta similar, aunque más sofisticada y con un aliado adicional y decisivo: la justicia. El miércoles 22 de agosto una multitud se manifestó en las puertas del Congreso para reclamar el allanamiento, luego el desafuero y, si fuera posible también, la cárcel para Cristina Kirchner. Las consignas amplificadas por los micrófonos versaban más o menos sobre la misma idea: estamos mal por culpa de la plata que se robaron. Desde que estalló el caso de los cuadernos de Centeno, el 1 de agosto, el foco antikirchnerista de la justicia federal, encabezado por Claudio Bonadío, y los grupos mediáticos que siguen buscando revancha de la ley de servicios audiovisuales, iniciaron un movimiento de tenazas tan aceitado como efectivo. El resultado son aquellas frases embravecidas contra los que se robaron PBIs enteros, así como los mensajes alimentados de estiércol que agrandan la grieta en las redes sociales. Los sectores medios que votaron el “cambio” parecen seguir siendo fieles a su voto y estar dispuestos a soportar todo tipo de penuria con tal de que “no vuelvan más”. Ganar esta batalla dentro de la gran guerra cultural es fundamental para el gobierno. Su objetivo político principal es bloquear o al menos esmerilar la chance de que Cristina sea candidata. En su defecto, que tenga nula chance de ganar. El odio envuelto en frases hechas, más que la verdad sobre la corrupción, es la herramienta central para diseñar la campaña del 2019.
   Y mientras tanto, en el corazón del sistema, la fuga de capitales. El 22 de agosto, el Banco Central confirmó que en lo que va del año, se fueron del país más de 20 mil millones de dólares. Desde diciembre de 2015, 54 mil millones. Los pocos ganadores de este proceso de acumulación financian su fuga de dinero con las divisas que el propio Estado argentino les garantiza a través del endeudamiento externo. ¿Qué tipo de desarrollo pretende este capitalismo extranjerizante? ¿Cómo cuajamos los argentinos en este sistema? ¿Estamos tod@s contenid@s o el neoliberalismo en el poder espera una especie de regulación malthusiana en la que, como en el amanecer de la revolución industrial, los que sobren o no se adapten a las circunstancias queden en el camino víctimas de alguna gran peste o simplemente, del hambre?
   
El postre lo puso Alfredo Casero en una entrevista con Alejandro Fantino. Trajo el flan a la mesa como metáfora perfecta de lo que en resumen es el discurso dominante actual: el país era un desastre porque se habían robado todo y ahora apenas vamos a comer por culpa de aquellos Kadrones, entonces, ¡cómo vamos a pedir flan! Días más tarde, en una nota con Lanata, le puso apellido a su metáfora: “flan es Baradel pidiendo un 21 por ciento de aumento”.
Así las cosas, llevar como bandera la caída del salario real a Wall Street, es la manzana regalada a la maestra de tercer grado. Quintana, rindiendo examen allá arriba, muestra quiénes son los maestros de este proyecto llamado Cambiemos. Quiénes son los que delinean la Argentina que viene. Quiénes son los que arman el plan. Un plan sin flan.

sábado, 2 de junio de 2018

PARA SER UN PEQUEÑO (ESTADO) BURGUÉS


   Otro aumento en las naftas. El gobierno había prometido que no se iba a dar hasta julio. Pero al final no pudo frenarlo. ¿No pudo o no quiso? La pregunta parte de una idea engañosa: que el gobierno negocia con las empresas porque es algo distinto a ellas. Y tal idea hoy es equivocada. El actual gobierno son las empresas. Por primera vez en la historia argentina contemporánea el Estado está manejado por la burguesía nacional directamente, sin intermediarios, sean militares o civiles. Y qué quiere esta burguesía nacional como cualquiera otra en el mundo: asegurar sus ganancias. Entonces, si el Estado forma parte de su interés directo, lo trata como si fuera “su” empresa y “acá no se gasta más de lo que entra”. Ergo, he ahí los aumentos, los despidos, los recortes, las racionalizaciones... La modernización. Hasta hay un ministerio que lleva la tarea de “modernizar”, a la manera de la oficina de recursos humanos de cualquier empresa.
   Ahora, esta situación inédita nos ofrece una oportunidad a los que no somos burguesía, llamémonos (por decir) “pueblo”: la de ver qué burguesía es la que nos gobierna. A muy grandes rasgos, y perdón por los simplismos, ¿es la expansionista – imperialista de Estados Unidos? ¿Es la mercadointernista de algunos países europeos? ¿Es la internacionalista de Japón y el sudeste asiático? ¿Es la industrialista de San Pablo, en Brasil? No, ninguna de esas. La nuestra es una burguesía que se desinteresa del destino estratégico de nuestro país y se lo entrega al poder económico-financiero transnacional. ¿Por qué? Simplemente, porque ese destino estratégico asegura sus intereses. Y como si a los empresarios les va bien, "le va bien al país”, pues hombre, que sea. “El volver al mundo” de hoy no es otra cosa que el ser parte del mundo del comienzo de nuestros tiempos, cuando las potencias de ultramar decidieron que Argentina fuera una factoría que exportara productos primarios a cambio de importar lo que ellas producían. Hoy, el gobierno decidió que “los mercados” y – su inmejorable representación - el Fondo Monetario impongan las condiciones de nuestra economía. Por eso, para esta burguesía gobernante, y para su concepción de Nación, el Estado debe ser rentable y el Pueblo, manipulable. En efecto, si las tarifas, las naftas, el colectivo, el arroz aumentan, el pueblo debe saber racionalizar su consumo para que esos aumentos “inevitables y necesarios” los afecten lo menos posible. Estamos entregados al entreguismo de nuestra burguesía.
   En fin, si no somos unos zurdotroscocamporistamoyanistakirchneristas, tenemos dos caminos: aprendemos a usar el gas y a comer menos arroz, o aprendemos a ser un burgués a la argentina. Eso sí, para esta segunda opción, primero hay que ser “un pequeño burgués”, o sea, sentirse que “vamos por el buen camino” (una frase que nos suena, ¿no?). Cuando era pibe, mis viejos me hacían escuchar una canción de Alberto Cortez que me gustaba, pero que en aquel momento no entendía como – creo – la entiendo ahora...

jueves, 24 de mayo de 2018

EL GRITO SAGRADO




   No es el gobierno: es el modelo neoliberal. Hay que tener claro el objetivo. Porque este gobierno va a fracasar. Y lo mostrarán fracasado aun aquellos que lo pusieron en ese lugar. Y mostrarán a otro para suplantarlo. Otro, que garantice sus intereses de clase. Otro, que proteja sus negocios. Otro, neoliberal.
   Leo que ahora quieren frenar el freno a las retenciones al campo. Y el campo se queja. Cruje el gobierno. Escucho a un ministro decir “el gobierno está más sólido que nunca”. ¿Y quién lo duda? ¿A quién le habla el ministro? ¿A nosotros o a aquellos que ahora los ven de reojo buscando una alternativa por Salta, Tigre o los estudios de algún canal de noticias amigo?
   Volver al FMI es garantizar el modelo neoliberal. Para el actual gobierno macrista-radical, es casi tirar la toalla. Para la clase que ellos componen y representan es un reaseguro de sus negocios. Porque la clave está allí: en la clase. La burguesía argentina nunca apostará a un capitalismo de desarrollo nacional. Siempre será apátrida y extranjerizante. Su génesis no varía con el paso de los decenios. Vender, cobrar y fugar en dólares: ese es su objetivo. Y busca gobiernos que vigilen esa “normalidad”. Seguramente, este gobierno prontamente será mostrado como inútil para llevar adelante las “cosas que hay que hacer”. Serán simplemente malos gestores de la cosa pública. Y retornaran a su cosa privada ¿Hay otros por ahí? La cola está: no hace falta describirla.
   El canto contra el FMI en el obelisco es muy importante. Pero lo será si es un canto contra el neoliberalismo; no contra este gobierno. El MMLPQTP es un recurso folklórico de expresión popular que muestra bronca. Pero esa bronca no deconstruye aun el relato del poder real. Porque el mercado sigue rigiendo nuestras vidas. Y eso sigue siendo la normalidad.
   Los 24 de marzo son ya una marca a fuego del “Nunca más” al terrorismo de Estado. Los 25 de mayo deben conllevar en su entraña popular otra marca indeleble para la historia. El himno de este viernes tiene que dejar en claro y para siempre que el grito sagrado es Neoliberalismo, nunca más.

jueves, 17 de mayo de 2018

DEL GRADUALISMO AL “ENDEUDADORISMO”

   ¿Por qué pelear contra el neoliberalismo? Porque descompone la sociedad, porque empobrece a la mayoría de la población y porque es un formidable negocio para un puñado de especuladores. Subrayé algunos renglones de un libro que estoy leyendo: “Endeudar y fugar”, compilado por Eduardo Basualdo y editado por Siglo veintiuno en febrero de 2018. 
   “En marzo de 1976 irrumpió una nueva dictadura militar en la Argentina que produjo un giro en el funcionamiento económico tan profundo que implicó un cambio en el patrón de acumulación de capital... La valorización financiera del capital”.
   “Para el sector oligopólico de la economía, la deuda externa dejó de ser fundamentalmente un modo de financiamiento de la inversión o la formación de capital de trabajo y se convirtió en una vía para obtener renta financiera”.
   “En efecto, la deuda externa cumplió un papel decisivo en esta etapa, porque el núcleo central del nuevo patrón de acumulación estuvo basado en la valorización financiera que realizó el capital oligopólico local (es decir, los grupos económicos locales y los intereses extranjeros radicados en el país). Se trató de un proceso en el cual las fracciones del capital dominante contrajeron deuda externa y colocaron esos recursos en activos financieros en el mercado interno (títulos, bonos, depósitos, etc.) para apropiar excedente a partir de la existencia de un diferencial positivo entre la tasa de interés interna e internacional y, posteriormente, fugarlos al exterior”.
   “Este proceso no hubiera sido factible sin una modificación en la naturaleza del Estado... El propio sector público fue el que posibilitó la fuga de capitales locales al exterior al proveer las divisas demandadas a través de su endeudamiento externo”.
   “Identificar el origen del excedente apropiado por la valorización financiera y las tranferencias de recursos a los acreedores externos es crucial para comprender la profunda revancha social que implicó el nuevo patrón de acumulación de capital”.
  “Este hecho consistió en una caída abrupta del salario real (superior al 40%) que resultó en una inédita reducción de la participación de los asalariados en el ingreso nacional”.
   ¿No es este el mismo patrón de acumulación reinstaurado en diciembre de 2015? ¿No se les está asegurando ahora a los inversores financieros una súpertasa interna que les garantice pingües ganancias? ¿No se está endeudando vorazmente el Estado – ahora con la venia del FMI – para asegurarse los dólares que pide esta rueda de acumulación y fuga? ¿Es la deuda, entonces, un medio para financiar al Estado o en realidad es un fin en sí mismo? ¿No garantiza el Estado argentino hoy este modelo al propender a la baja de salarios y al ajuste fiscal? ¿Dónde están las mayorías participando de este botín gigantesco? Cuando el presidente y sus ministros hablan de gradualismo, ¿no estarán hablando de endeudadorismo?

sábado, 4 de noviembre de 2017

LA SEMANA DE ORO DE MACRI


                A su derecha y a su izquierda, sendos telepronters con el discurso transcurriendo. Adelante, gobernadores, toditos, toditos  - excepto el bueno de Das Neves, por razones obvias. Además,  legisladores del palo y del palo y medio (faltaron los K y los de izquierda y coso, pero qué importa, mejor… ). Y jueces: jueces tipo Lorenzettis. Todos escuchando la refundación del neoliberalismo en la Argentina de boca del ex presidente de Boca y ahora presidente de acá. Lunes 30 de octubre. Ese día, sin embargo, le mejor noticia no era que habían venido todos esos al pie. Lo mejor había sido la renuncia de la matrona de los fiscales. Marcos Peña, cuando leyó la carta de Gils Carbó, tarareó a Cerati: “Tarda en llegar, y al final, y al final, hay recompensa…”. Un golazo sobre la hora que definió un campeonato. Tan gritado en Olivos como el cuarto de Lanús a River, el martes a las 22:41. Ja jaaaa: gallineada y VAR de por medio, Angelici le mandó al toque un wasap a Macri con un pulgarcito para arriba. No, cuatro pulgarcitos para arriba. Es que la AFA y la Conmebol se iban a dormir en paz, mientras D’Onofrio, aún no alineado, se sumía en la pesadilla que había adelantado sin prueba alguna Fantino en su misa amarilla diaria.
                El miércoles, un twitt de Tinelli avisaba que se suspendía el aquadance en su programa. Era el último de una furiosa cadena que había empezado la semana anterior en contra de la compra de Indalo por parte de un insondable grupo inversor. El zabeca de Bolívar habló de “extorsión” y se preguntó: “¿quién lo banca?”. Volvían los fantasmas del 38 a 38 en la memorable elección de la AFA de diciembre de 2015. Angelici mandó por wasap 38 emoticones cagándose de risa.
                El jueves, mientras los zócalos de las pantallas despedían doloridos a una adalid del bolero y del pensamiento de derecha, en La Plata se decidía la suerte de otro no alineado: el juez Luis Federico Arias. Como se esperaba, lo suspendieron en un jury cuyos fundamentos son… (cri, cri, cri…). El sciolismo ya lo había intentado. El macrismo tomó la posta y no lo dudó. ¿Independencia judiqué…? Mientras tanto, allende el Riachuelo, la CGT repudiaba el plan de reforma laboral. Hasta Moyano, aliado estratégico del macrismo, pidió meter freno de mano. “¿Qué freno de mano, Huguito…? La gente votó, acordate. La gente ya votó…”. Dietrich no andaba con chiquitas. El Poseidón de los camiones lo sabía. Ya no era la Banelco: ahora era Comodoro Py. O peor, Ezeiza.
                Y así se lo demostraron a Don Hugo y a todos en el desayuno del viernes. Mientras Clarín nos anunciaba desde su tapa que Santiago Maldonado se había ahogado ahí donde lo encontraron y nos reclamaba a todos pedir perdón a Gendarmería y a Pato, Amado Boudou, rockero y ex vicepresidente, aparecía en patas y joguineta a punto de ser esposado. Acto seguido, lo pasearon y lo mostraron en vivo como a un Cristo hacia el Gólgota, desde su casa a Prefectura y de Prefectura a Comodoro Py. “¿Y ahora quién sigue…?” Je je je. El periodismo independiente comenzó ronronear las siglas CFK. El jefe de gabinete cereatizó su rutina una vez más: “Nadaaaa, oh, oh, oh. Nada personalllll. Oh, oh,oh…”.

                El presidente prepara las valijas para viajar a Estados Unidos. Será el corolario de una semana llena de victorias. Una semana clave en el devenir de su gobierno. Si todo le sale como quiere, sin dudas, será recordada como la semana de oro Macri.
                                                                          
                                                                                     Gabriel Prósperi. Periodista.
                                                                                     4 de noviembre de 2017.




sábado, 28 de enero de 2017

REVOLUCIÓN


   “Cuentan que hace cien años, ante tanta injusticia y tanta pobreza, Martín Fierro se preguntaba: “Cuándo llegará a estas tierras un criollo a gobernar”. A un siglo de aquella dramática pregunta del gaucho Fierro, podemos decir que ese criollo ha llegado, y ha venido para devolvernos la esperanza de una vida mejor”. Así terminaba la contratapa que levanté del suelo ayer. El libro ya no estaba. Sólo quedaban esas últimas palabras, la foto de los autores y su nombre en el lomo recortado: La revolución productiva.
   Aquel criollo gobernante llegó prometiendo salariazo y terminó siendo uno de los más consuetudinarios representantes políticos de la casta dominante vernácula. No fue el primero. La burguesía nacional, a lo largo del siglo XX, tendió a delegar el poder político, o bien en militares dulcemente adoctrinados en el “verdadero ser nacional”, o bien en políticos profesionales orgánicos democráticamente elegidos para defender sus intereses y aspiraciones... Que por supuesto, siempre fueron y son los intereses y las aspiraciones de todos. Hete aquí el sentido común.
   La burguesía nacional escondió su rostro en los recodos de la historia. ¿Habrá sido por su “fama” anti-argentina? ¿Por su amor a la división internacional del trabajo decidida allá en los admirados salones imperiales y donde ella, blanca, pura y terrateniente, tendría siempre su lugar de privilegio? ¿Habrá sido por su afiebrada pulsión anti-estatal y librecambista? ¿Por su inocultable y visceral repulsión a lo indígena, lo latinoamericano, lo popular? Puede ser. Pero ya no se esconde más. Hoy, la casta dominante, la burguesía nacional, por primera vez en la historia, gobierna el país sin representantes. Hete aquí la novedad.
   Las grandes crisis en el sistema capitalista son ante todo y sobre todo crisis burguesas. Los que tienen el capital para invertir, producir y en definitiva, generar trabajo, no lo hacen. O bien porque no lo tienen más o simplemente porque deciden usarlo de otra manera: fugarlo, esconderlo, ahorrarlo, “timbearlo”, etc. Ergo, el sistema colapsa. ¿Quién surge, entonces, como actor central para hacer andar la “rueda” nuevamente? El Estado. Nos lo enseñó allá arriba y allá lejos y hace tiempo Franklin Roosvelt. Y acá lo aprendimos a la fuerza varias veces, ¿no?. Ahora, ¿cómo reaccionará este nuevo Estado nacional gerenciado cuando acometa una nueva crisis del capital? ¿Habrá espacio para una salida keynesiana? ¿Tendrán la solución los mismos que generarán el problema? Hete aquí la encrucijada.
   Bajar los costos laborales; combatir el déficit fiscal; controlar el gasto público; achicar el Estado; enfriar el consumo interno; abrirse a las importaciones. Consignas de la historia. A su turno, el criollo de la contratapa las hizo bandera. Hoy, un hijo dilecto de la burguesía nacional, también. Aquel llegó prometiendo la revolución productiva. Este, la revolución de la alegría. Por suerte, Charly escribió Cerca de la revolución: “Y si mañana es como ayer otra vez. Lo que fue hermoso será horrible después. No es sólo una cuestión de elecciones. No elegí este mundo, pero aprendí a querer”.

                                                          Gabriel Prósperi. Periodista.
                                                         
                                                           28 de enero de 2017.


martes, 20 de diciembre de 2016

20 DE DICIEMBRE. ALBERTO

   Alberto Márquez tenía 57 años. Era robusto y convivía con la diabetes. Sin embargo, ya a la sombra de un árbol y luego de haber enfrentado los bastonazos de los azules, como en los viejos tiempos, rompió toda dieta y se devoró dos conogoles enteritos. Estaba contento y satisfecho: como peronista de ley había participado activamente en el día de la renuncia del radical De la Rúa. En un momento, bajó de la vereda al asfalto para ver mejor los enfrentamientos que aun se daban hacia el lado del obelisco. De pronto, dos autos frenaron a unos 30 metros de distancia, sobre la 9 de julio. Se bajaron varios hombres. Apuntaron y dispararon. Alberto atinó a darse vuelta, dio dos pasos y cayó. Manaba sangre de su boca. Marta, su mujer, lo sostuvo como pudo mientras le gritaba que no se vaya. Pero Alberto se iba. Un milagroso Fiat Duna rojo paró sobre el cordón. Alberto agonizaba. Lo subieron entre varios atrás. Marta subió al asiento del acompañante. El conductor del Duna arrancó pero no sabía para donde ir. El tiempo corría y la vida de Alberto se escapaba. Apareció una ambulancia. Un médico le hizo la primera revisión. No hizo falta más: miró a Marta, meneó la cabeza y esbozó una mueca de disculpa. Durante años, Marta volvería una y otra vez, sola, a la plazoleta de la 9 de julio, a ver si Alberto volvía.

20 DE DICIEMBRE. PETETE

  Carlos “Petete” Almirón cayó en la Avenida 9 de Julio y el cruce con Avenida de Mayo. Quedó encerrado entre una nube de gases lacrimógenos y una línea de avanzada de la infantería de la Policía Federal. Recibió una perdigonada en el pecho. Al mando de esa fuerza represiva estaba el Subcomisario Ernesto Sergio Weber, encargado del Cuerpo de Operaciones Federales. El padre de Weber también fue subcomisario de la Federal. En su época de “gloria” se lo conoció con el alias de “El Maestro” o “220”. También era  conocido como Armando o Rogelio. Ernesto Enrique Frimon Weber estuvo en Operaciones de la ESMA entre 1977 y 1978. Enseñó a los marinos a usar la picana eléctrica y participó de los secuestros de Graciela Daleo, Norma Arrostito y Alicia Milia. Además, y como corolario de tan suculento legajo, integró el grupo de tareas que emboscó al periodista Rodolfo Walsh en San Juan y Sarandí. Fue quien le disparó. Weber hijo no estuvo entre los acusados del juicio por los hechos del 20 de diciembre. En 2002, la jueza Servini de Cubría lo indagó por lesiones a manifestantes en la Plaza de Mayo y le dictó la falta de mérito. En julio de 2004 Weber participó activamente de la furiosa represión en la Legisltura porteña durante la protesta contra el nuevo código contravencional de la ciudad de Buenos Aires. Meses después, fue ascendido a comisario y quedó a cargo de la seccional 27ma. de Villa Crespo. Hoy goza de las mieles del retiro luego de entregarse durante años a su deber.

20 DE DICIEMBRE. DIEGO

   Aquella tarde, Diego se tomó el colectivo 24 rumbo al centro. Estaba solo. Quería bajarse lo más cerca posible de la Plaza de Mayo. Pero el movimiento represivo de la policía lo empujó hacia la 9 de julio, como a otras cientos de personas. Pasadas las 16:00 estaba a la vanguardia de un grupo que le hacía frente a la barrera de federales que retrocedía hasta Avenida de Mayo y Tacuarí. Disparos secos se escucharon desde la línea policial. Un motoquero cayó mortalmente herido (Gastón Riva). Casi al mismo tiempo, y unos metros más allá, Diego era despedido hacia atrás por un impacto de plomo en el pecho. Otros jóvenes que marchaban a su lado, lo vieron, lo levantaron y corrieron con él a cuestas hacia Bernardo de Irigoyen. Ya lejos del alcance policial, lo dejaron sobre el pasto, en una plazoleta. Diego apenas respiraba; apenas se movía. Los pibes que lo rodeaban pedían a gritos una ambulancia. La asistencia no iba a llegar a tiempo. 
   El 21 de diciembre de 2001, antes de que la claridad del amanecer acaparara la mañana, el paquete con los diarios ya estaba en el kiosco de la esquina de la casa de los Lamagna, el de los amigos de toda la vida de Diego. Cuando tomaron en sus manos el Clarín, la tapa los estremeció. El que aparecía en la foto, tirado boca arriba, era Diego, su amigo, ya sin vida.

20 DE DICIEMBRE. GUSTAVO

            Son las 16:22. La guardia de infantería retrocede hacia la Plaza de Mayo. Los efectivos de comisaría se repliegan luego de usar sus escopetas cargadas con plomo. Los manifestantes más osados avanzan. Saben que hay heridos; que hay muertos. Están enardecidos. Cuatro pibes de bermudas y torsos desnudos sacuden un cartel de señalización y lo arrancan de cuajo. Van con todo contra los blíndex polarizados. ¿Hay alguien adentro? Qué importa. No buscan hacer daño por el daño mismo: expresan el clímax de la bronca callejera contra el enemigo a la vez simbólico y real: la fachada de un banco transnacional. El blíndex sede y estalla. Al instante, se escucha una ráfaga de disparos. Y otra. Y otra. Los pibes del cartel y otros tantos corren despavoridos. Todos escapan, menos uno. Gustavo Benedetto está boca abajo y no se mueve. Lleva una bermuda y una remera en la cabeza. Está en cueros. La sangre empieza a brotar de su cabeza. Ya está muerto. La bala 9 milímetros atravesó su cráneo. La autopsia hablará de un sólo orificio de ingreso y salida. Cuando la balacera se apaga vienen en su auxilio otros jóvenes. Ya nada se podrá hacer. Una ambulancia del SAME llega al lugar a las 16:36. Volará por las calles incendiadas hasta el hospital Ramos Mejía. Pero el flaco de La Tablada, de 23 años, ya es la cuarta víctima fatal de la tarde.

20 DE DICIEMBRE. GASTÓN


            "La policía había retrocedido, parecía que no iba a volver, se diluyó ese cordón, por lo menos yo no lo veía a ese cordón, como le decía al principio, que para mí era de Guardia de Infantería. Y los manifestantes que estaban dispersos por 9 de Julio, en ambas direcciones, y sobre Avenida de Mayo en dirección al Congreso, se empezaron a concentrar y empezaron a venir para dirigirse a Plaza de Mayo. En ese momento, que yo ya estaba ingresado sobre Avenida de Mayo, en dirección a la Plaza, estos chicos que estaban en la esquina empezaron a ir en dirección a Plaza de Mayo por Avenida de Mayo. Yo me acerco y les digo: no vayan, porque yo tenía esa experiencia de lo que estaba pasando, que los cordones retrocedían y avanzaban y se daba esa situación de detenciones y de palizas. Y en eso, uno de estos chicos que avanzaba me dice "subí, subí, subí a la moto". Me subo a la moto, él iba andando muy despacito desde esa esquina que le señalo de Avenida de Mayo y 9 de Julio. Yo me subo a la altura de una boca de subte que hay. No me acuerdo cuántos metros habremos hecho, la moto iba queriendo retomar el centro de la calzada y yo ya voy mirando que a la altura de la primera calle, Suipacha, del otro lado, que es Tacuarí, surge un grupo de policías con las camisas blancas y uno de ellos veo que nos apunta, baja el arma, vuelve a apuntar y nos dispara. La persona que estaba hace ese movimiento: baja, vuelve a levantar y tira. En ese momento que tira, yo estoy viendo por detrás de la cabeza de este muchacho y veo que disparan. Se escuchan algunas detonaciones. Yo lo tenía a este muchacho de espalda, se siente como un movimiento de su cuerpo, él empieza a perder el control de la moto. No largó el manubrio de la moto, sino como que quedaron sus brazos sin control del manubrio. Finalmente, lo suelta y caemos los dos para atrás y la moto siguió unos metros más. Este muchacho cayó sobre la avenida de Mayo, longitudinalmente, con la cabeza hacia el Congreso y los pies hacia la plaza, en esa posición". Daniel Horacio Guggini no conoce a Gastón Riva. Pero no resiste la invitación y sube a su moto. ¿Cree que está más seguro, que puede escapar más rápido? No. Es un impulso. Un impulso que podría haber sido fatal para él. Y no lo será sólo de milagro. El cuerpo más robusto de Gastón recibe la perdigonada mortal. Daniel vivirá para contarlo... "Camisa blanca. Nos apunta, baja el arma, vuelve a apuntar y nos dispara".



lunes, 19 de diciembre de 2016

19 DE DICIEMBRE



            Son las 12:30 del mediodía hirviente. El auto negro importado estaciona pegado a la típica veredita de San Telmo. Dos custodios separan con sus gruesas humanidades a los fotógrafos y periodistas que quieren llegar hasta una de las puertas traseras. La cabeza semicalva del presidente se asoma. Una lluvia de roncos insultos lo recibe. Empujado por los guardias y por las circunstancias, Fernando De la Rúa ingresa a la sede de Cáritas. Durante una hora escucha reproches de sacerdotes, gobernadores, empresarios, sindicalistas y operadores varios. Cumplida la “misión-coraje” pergeniada por su “entorno-sushi”, el Presidente se levanta y se despide. Afuera, el auto está ahora sobre la vereda. Los custodios lo empujan adentro. El diluvio de insultos se convierte en un granizo de huevos y cascotes. El auto arranca y se lleva un recuerdo en la luneta: un piedrazo la destroza en miles de pedazos.

            A esa misma hora, en el barrio Las Flores de Rosario, unos 20 pibes reciben su única comida del día en la Escuela N° 756, “José Manuel Serrano”. De pronto, escuchan una furiosa balacera y el inconfundible ulular de sirenas policiales rodeando el lugar. “Pocho” se sube al techo de la escuela y grita: “Hijos de puta, bajen las armas que acá nada más hay pibes comiendo”. La respuesta es un certero itakazo a la altura de la traquea. “Pocho” cae muerto. A partir de ese instante, Claudio “Pocho” Lepratti será para siempre el ángel de la bicicleta. León Gieco lo inmortalizará en una cumbia:
“Cambiamos fe por lágrimas,
con qué libro se educó esta bestia
con saña y sin alma.
Dejamos ir a un ángel
y nos queda esta mierda
que nos mata sin importarle
de dónde venimos, qué hacemos, qué pensamos,
si somos obreros, curas o médicos.
¡Bajen las armas
que aquí sólo hay pibes comiendo!”
            David le dice a su mamá que se “va a la pile de un amigo del barrio”. Pero le miente. Se va a jugar más allá de la Villa 9 de julio, en Córdoba capital. Se reúne con unos amigos y terminan casi enfrente de un cordón policial que custodia un supermercado. De pronto, vuela una piedra, y otra, y otra. Suenan escopetazos. Todos corren, menos David, que siente que las piernas no le responden y se queda quietito al lado de un árbol. Tiene tres perdigones de plomo incrustados, uno en el hombro izquierdo, otro en el muslo derecho y el tercero a la altura de un pulmón. Lo llevan en un patrullero a una enfermería cercana. No hay caso: David no resiste. Su mamá y sus hermanos lo buscarán desesperados toda la tarde y toda la noche. Recién al otro día le dirán que David estaba muerto. Tenía 13 años.
            El supermercado se llama Bienestar. Sus persianas están bajas. Lo rodean decenas de personas que ya habían “visitado” otros locales de esa zona del norte rosarino. Un grupo se decide y ataca. Varios fogonazos salen de la escopeta de otro comerciante de la cuadra. El desbande es total, excepto por un cuerpo que queda tendido en el suelo. Se mueve por unos segundos hasta quedar tieso. Los hermanos de la víctima le avisan a su mamá. Y su mamá, va a la delegación municipal a pedir plata para comprar un cajón para despedir cristianamente a su hijo, Marcelo Pacini. Tenía 15 años.
            Yanina escucha gritos y corridas en la calle. Sabe que están saqueando el supermercado de la esquina. Mira a su alrededor y no ve a su hijita de dos años. Se acerca a la puerta a ver si salió. Apenas llega al umbral, una bala 9 milímetros le quita la vida. No hay ningún efectivo de la Policía rosarina procesado por el crimen. Hoy, su hija, que tiene la misma edad que su mamá al morir, no se cansa de golpear puertas y puertas y puertas para pedir justicia.
            La gente sale del mercadito con las manos llenas de lo que puede. De pronto, llegan varios patrulleros. Sergio los escucha frenar e intuye el peligro. Sale por la puerta principal, esquivando botellas y paquetes tirados. La agilidad de sus 16 años lo pone enseguida de cara al sol y a una escopeta apuntándole al pecho. De inmediato siente un fuego de infierno y cae boca arriba. Se desperterá días después, en un hospital. Nunca más volverá a correr. Un año sobrevivirá Sergio Perdernera a aquel balazo recibido a pocas cuadras de su casa en Villa El Libertador, en Córdoba capital. Sus papás no podrán costearle el tratamiento de rehabilitación. Morirá en su cama, parapléjico y con daños irreparables en su hígado.
            Roberto ve venir a una turba de gente corriendo hacia él. Y oye estruendos de escopeta. No le queda otra que seguir al grupo. Les tiran con balas de goma. Algunos tropiezan, heridos y siguen corriendo. Unos metros más adelante, otros policías disparan parapetados en las columnas de un edificio en construcción. Los perdigonazos pasan zumbando... Pero no todos son perdigones. Uno de esos policías no tiene escopeta y tira con su pistola reglamentaria. Roberto Gramajo cae, pero no se levanta. Su fornido cuerpo de 19 años no resiste. Le había prometido a un tío ir a visitarlo esa tarde a su casa del barrio Don Orione de Almirante Brown. Al policía que disparó no le importó si Roberto había participado del saqueo al autoservicio “Nico” de la otra cuadra o si iba a la casa de su tío.
            Carlos Spinelli maneja su motito de mensajería por las calles furiosas de Pablo Nogués. A esa altura de la tarde, ya se había cruzado con varios mercaditos vaciados y por vaciarse. Hay pocos patrulleros pero intuye que hay más policías de los que aparecen. Y no se equivoca. Desde un Gol blanco le apuntan y le disparan. La rueda delantera de la moto queda rodando con el cuerpo inerte de Carlos tirado a su lado. Los cazadores del Gol blanco desaparecen en busca de otra presa. La que acaban de cobrarse tenía 25 años.
            Juan ve venir el camión y empuja para quedar en mejor posición. Hace horas que, junto a cientos de personas, espera comida frente a un supermercado en la esquina de Necochea y Cochabamba, en Rosario. El camión viene custodiado por varios patrulleros. Juan se da cuenta que no les van a dar comida. Los policías se bajan y empiezan a disparar balas de goma. Todos corren, pero Juan queda rezagado al final del grupo. Recibe una perdigonada de goma en la espalda y cae. Intenta ponerse de pie pero lo bajan de un cachiporrazo. Un policía carga la escopeta y gatilla a quemarropa. El tiro no sale. Entonces, saca su arma reglamentaria. Horas después, la autopsia dirá que Juan Delgado, de 28 años, había recibido 8 disparos. Ningún policía fue procesado por su muerte.
            Rubén escucha que disparan pero no para de correr. La caja pesa pero su contenido es valioso: hay para varios días de almuerzo. Se la habían entregado en un supermercado antes de que empezara la represión. Está a metros de su casilla en el barrio rosarino de Las Flores. Pero no llega. Su cuerpo se desploma con un balazo en la espalda. El parte policial dirá que Rubén Pereyra, argentino, casado, de 20 años, quedó en medio de una trifulca a balazos. Otro rosarino, muchos años antes, escribió que la historia la escriben los que ganan. Ningún policía pagó con su procesamiento por la muerte de Rubén. María, su esposa, y Aldana, su hija hoy adolescente, siguen reclamando justicia.


            Son alrededor de las 19:00. El sol cae rojizo más allá de los edificios que regalan sus siluetas a los ventanales de la Casa Rosada. El presidente pregunta si estuvo bien. El “sushi-entorno” levanta el pulgar. Entonces, se prepara para volver a Olivos. A la hora en que el mensaje se verá por cadena nacional, “Pocho”, David, Marcelo, Yanina, Roberto, Carlos, Juan y Rubén estarán muertos. El presidente De la Rúa recién el 21 de diciembre, ya renunciado, reconocerá y lamentará las muertes de las 48 horas finales e infernales de su gobierno.

sábado, 26 de noviembre de 2016

FIDEL Y LA SOPA

   “Del exterior: al enterarse de que Mafalda va a tener un hermanito, los rusos iniciaron la demolición del muro de Berlín, árabes e israelíes llegaron a un acuerdo, Fidel Castro decidió llamar a elecciones...”*. En aquellos álgidos 60's, Mafalda pensaba mucho en Fidel. Por ejemplo, sentada frente a su plato más deplorado, cavilaba: “Si él dijera que es buena, aquí dirían que es mala... ¡Y la prohibirían! ¿Por qué ese cretino de Fidel Castro no dice que la sopa es buena?”**.
   Mafalda no quería a Fidel, como no lo quería el paradigma político occidental de turno. Mafalda era una defensora de la paz y de las libertades individuales. Y Fidel, por supuesto, nada de eso: era un dictador. Y un dictador comunista. Ahora, ¿había paz y libertades individuales plenas en la Argentina de los 60's? Mafalda tampoco dudaba: “¿Ves...? – le decía a Miguelito, tocando el bastón de un policía federal – … este es el palito de abollar ideologías”***. Mafalda era una demócrata. Pero si de dictaduras se trataba, no había peor que la de Fidel.

   Con el tiempo, Mafalda y Fidel se fueron amigando. Tanto que en los 90's el Estado cubano, a través del Instituto cubano del arte e industria cinematográfica, auspició una serie animada con los dibujos de Mafalda en donde también primaba la crítica social, como en las tiras originales. Claro, había pasado el tiempo y reinaba el neoliberalismo. En los 90's, la historia no sólo había absuelto a Fidel sino que había demostrado que Occidente no era La Meca de la democracia, la paz y las libertades individuales. Todo lo contrario: en los 30 años desde aquella tira de la sopa, la pobreza, el estancamiento cultural, el terror político, la crisis del Estado de bienestar, la decadencia económico-social habían crecido sin freno en Occidente, pero sobre todo, en América Latina. Excepto en Cuba.
   “La sopa es a la niñez, lo que el comunismo es a la democracia”****. Después de cinco décadas y ya sin Fidel, pero con la revolución todavía viva, hoy tal vez Mafalda revería aquella frase suya frente a otro de sus odiados platos de sopa.

                                                                                       Gabriel Prósperi.
                                                                                       26 de noviembre de 2016.

*        Mafalda 4. Quino. Ediciones de la flor.
**      Mafalda 4. Quino. Ediciones de la flor.
***    Mafalda inédita. Quino. Ediciones de la flor.
****  Mafalda 1. Quino. Ediciones de la flor.

jueves, 10 de noviembre de 2016

CAMBIARON FUTURO POR PASADO



Los ciudadanos estadounidenses no votaron mirando al futuro; votaron mirando al pasado. A un pasado añorado: la era Reagan. ¿Trump es Reagan?
En la consideración del Homero medio, el de Ronald Reagan fue el mejor gobierno que jamás ha tenido. Hacia el interior del país, hubo un crecimiento histórico de la actividad industrial, casi pleno empleo, mayor capacidad de consumo y menor presión tributaria. Y a nivel internacional, Reagan lideró la restauración de una agresiva política del garrote que colocó nuevamente a los Estados Unidos a la ofensiva contra el enemigo rojo del Este. Como dijo el bueno de Ronald (que no es McDonald): “Hagamos a Estados Unidos grande otra vez”. Como lo repitió el bueno de Donald (que no es el Pato): “Hagamos a Estados Unidos grande otra vez”.
Reagan y Trump tienen un no-origen común: exógenos de la casta política tradicional. Reagan fue un olvidable actor que devino primero en gobernador y luego en presidente. Trump, un excéntrico empresario que se cansó de la monocorde vida de megamillonario y que eligió ir por la aventura de la Casa Blanca. ¿Qué mejor referente para el renacer del “american way of life” que un tipo que realizó todo lo que se propuso… Hasta ser presidente?
Allá afuera, el mundo arde. El fuego todavía no prende cerca. Pero si empezara a quemar, qué mejor que un anti-todo-lo-extranjero para estar a resguardo. Trump será el bombero del incendio que Hillary ayudó a madurar. ¿Quién no pensaría así si viviera allá, arriba, donde se corta, se cocina y se come el bacalao?
El slogan de este election day bien podría ser el furcio de una candidata electa por estas pampas hace muy poco: “cambiamos futuro por pasado”.

                                                               Gabriel Prósperi.

                                                               9 de noviembre de 2016.

martes, 28 de junio de 2016

HÉROES

   Verlo llorar desconsolado nos partió el alma ya partida. Había perdido la selección, pero en realidad todos entendíamos que había perdido él. Nunca lo habíamos visto así. Era la primera vez que nuestro capitán flaqueaba ante los ojos del mundo. Con la impotencia hecha carne y lágrima aceptó su medalla de plata y se hundió en el desconsuelo. Aquella noche triste de Diego Armando Maradona, en Roma, se iba a repetir casi calcada 26 años después con Lionel Messi, en Nueva Jersey.
   Cuando Messi perdió la final del mundo en Brasil no soltó una sola lágrima. El capitán pareció contener a propósito su emoción. Actuó como un verdadero líder: de pie y entero ante la derrota más dolorosa. Mientras sus compañeros se entregaban al justificado llanto del sueño hecho pedazos, él subía al estrado, íntegro y respetuoso, a recibir un premio para cualquiera imposible; para él, menor.
   Y aquella vez se escucharon feroces críticas hacia su actitud dentro y fuera de la cancha. Como que nada le importaba, ni el premio, ni la final, ni la selección, ni la bandera... Ni él.
   Un año después, en Chile, actuó de manera similar. Y volvieron las alevosas voces a levantarse en su contra.
   El domingo, en Nueva Jersey, al final, Messi lloró. ¿Eso querían? Eso hizo. Y después, en el vestuario, aún con los colores de la selección cubriendo su piel, tiraba la bomba: no va más. Igual que Maradona luego de aquella final en Italia; de aquellas lágrimas.
   Maradona volvió, sin embargo, a la selección tres años después para jugar su último mundial. La historia de Leo con la camiseta nacional tal vez tenga más noches todavía por transitar. Amén. Es que de sudor y de lágrimas; de victorias y derrotas; de elogios embusteros y críticas mediocres; de renuncias y arrepentimientos están hechas las vidas de los héroes. Estos héroes. Nuestros héroes.

                                                           Gabriel Prósperi. Periodista.

                                                           28 de junio de 2016.

domingo, 19 de junio de 2016

LO PEOR

   Peor que esto, nada. Esa pequeña frase encierra una lógica presente recurrentemente en el ideario colectivo argentino, sobre todo al argumentar en la discusión política, o simplemente, cuando vamos a votar. Ahora, ¿qué es “lo peor”?
   En los últimos años hemos tenido varios “lo peor”: fue la desocupación, fue la inseguridad, fue la inflación, fue el autoritarismo. Las llamadas “encuestas” tuvieron a estos ítems variablemente al tope de sus conclusiones. Hoy ese tope, sin dudas, ha de estar ocupado por el concepto de “corrupción”. Y con razón. El impacto in crescendo de episodios como la detención de Lázaro Báez, las excavaciones de ultratumba en la Patagonia y la aparición de José López y sus bolsos voladores reafirmaron esa aversión ciudadana. López todavía no habló y no sabemos fehacientemente de dónde provinieron los 9 millones de dólares que saltaron el muro del histórico convento, pero se da por hecho que fueron ahorrados durante 12 años de apego al choreo. La bóveda nunca encontrada en el sur apareció en General Rodríguez en modo “bóveda andante”. O sea, el martes 14 de junio, en una fría y neblinosa madrugada, y gracias a un llamado no-anónimo al 911, se hizo realidad la “prueba” decisiva y necesaria para que supure al fin la matriz corrupta del kirchnerismo. En términos policiales: el cuerpo del delito.
   El actual gobierno pasaba casualmente por sus peores días producto del malestar social en alza por los tarifazos; por los entredichos con el Papa Francisco; por el oscuro blanqueo oculto tras la fachada de un “resarcimiento histórico” para los jubilados; por la bravuconada de funcionarios al decir que tenían palos y palos verdes en el exterior “como muchos argentinos”; por la “confesión” del jefe de gabinete que lo de la pobreza cero era sólo un slogan de campaña. Ni todos esos disparates juntos le harían cosquillas siquiera a la sola imagen de un ex secretario de obras públicas esposado, encascado y mostrado al mundo a lo Lee Harvey Oswald. López era el magnicida apoteótico de esa pesadilla denominada kirchnerismo.
   Changüí: “ventaja que se concede a una persona o a un grupo”. La Real academia española y la realidad juegan a favor del macrismo. Hace apenas unas horas cayó el tal Pérez Corradi, autor intelectual no confeso del triple crimen de.. ¡General Rodríguez! Otra vez, los cascos, los chalecos, las cámaras, los flashes y la alimentación necesaria de esa indignación que turba, que enceguece, que domina. Tan fantásticamente cierto que asusta.
   Hay un jueguito en internet que se llama agar.io. Uno ingresa a una especie de universo acotado lleno de pequeñas pelotitas estáticas, siendo una pelotita más grande, pero móvil. En ese universo hay pelotas más grandes que lo que buscan es comer a las pelotas más chiquitas. A medida que uno va comiendo pelotitas estáticas, y va esquivando pelotas más grandes, va creciendo en volumen. Y claro, cuando uno va creciendo quiere comerse más y más y más y más y más pelotas más chicas. Y uno ve que se va haciendo grande, grande, grande y quiere comerse más y más y más pelotas chicas. Uno llega a ser grande, grande, muy grande. Pero cuidado: porque siempre va a haber una pelota más grande que uno, que va a querer comerte. Y que lo va lograr. O si no, hay otra más chica que vos, pero que se une a otra también más chica y entre las dos complotan. Y te comen. ¿Y cómo terminás? Expulsado. El agar.io te da revancha: podés volver siendo otra vez una insignificante pelotita. ¿Da revancha la política?
   Se habla tanto de excavaciones que dan ganas de decir que, realmente, el kirchnerismo se cavó su propia tumba. Aunque también hay hendijas para pensar que la pala fue facilitada por otros. Esos “otros” hoy se estarán restregando las manos. No sólo por la crucifixión del kirchnerismo sino por su imposible resurrección. Si hasta hace apenas unos días muchos de los que pusieron su voto a favor de Mauricio Macri ya se estaban planteando aquello de que “la verdad, con los kakas la pasábamos mejor”, hoy ven reforzado su convencimiento de que hicieron bien. Y lo que es más importante: lo harían otra vez. ¿Por qué? Simple: porque triunfa eso de que la corrupción de aquellos provocó el desbarajuste de estos y el padecimiento de todos. Es decir, peor que esto – la corrupción del kirchnerismo – nada.

Gabriel Prósperi. Periodista.

19 de junio de 2016.